(Publicado Diario de Mallorca 28/01/09)
Al llegar a mi asiento en Son Moix una cálida noche de verano de 2006, el día de la presentación del Mallorca, pensé que estaba en el MGM de Las Vegas. El locutor del estadio, atronadoramente y al más puro estilo pugilista de Nevada, enumeraba las innumerables virtudes de Vicenç Grande antes de pronunciar su nombre alargándolo hasta el infinito como si del mismísimo campeón mundial del peso pesado se tratara, y provocar así la aclamación del público. A mi, en un acto reflejo que hoy me resulta premonitorio, no se me ocurrió otra cosa que disentir de la multitud y gritar sin ningún rubor: ¡fueraaaaaaaaaa!
De repente, dos filas más abajo, un grupo de cabezas, en coreografía aparentemente ensayada y unidas milagrosamente por el mismo resorte, se giraron cual niña de "El Exorcista", airadas, desencajadas, escandalizadas, fuera de sí, recriminando inquisitoriamente, a voces, mi actitud y mi falta de mallorquinismo. Mis amigos, atónitos, no podían creerlo. Eran Capllonch, actual presidente de las peñas, y sus atláteres. Aquello fue, sin duda, el principio de una gran amistad.
Días más tarde, Alejandro Vidal me llamó para contarme que Matíes Rebassa, ex presidente de peñas y con Grande, director de relaciones extraterrestres del Mallorca, exigía que Pere Terrassa se reuniera conmigo para leerme la cartilla al respecto de mi herejía el día de marras. Evidentemente el encuentro nunca tuvo lugar, comprenderán que ni el bueno de Pere ni un servidor estábamos por la labor, a pesar del enfado reglamentario del Torquemada de turno, por cierto todavía instalado millonariamente en el club. Dicho incidente fue el primero de una serie que me puso sobre la pista de lo que lamentablemente ocurriría más tarde. Del resto la hemeroteca de mis artículos habla por si sola.
Este caso nimio del que cito nombres porque es real como la vida misma, es tan solo la punta del iceberg del “know how” (como se las gastaban) de la guardia pretoriana de Grande en sus tiempos de “Gran Dictador”. Quien no le aplaudía, quien no le reía las gracias, quien no le hacía la pelota o no le pasaba la mano por la chepa, quien disentía o estaba en desacuerdo con él, era acusado de hereje y condenado sin juicio a la hoguera del anti-mallorquinismo.
Ahora que se ha demostrado con creces quien es este señor. Ahora que nos ha dejado un Mallorca irreconocible. Ahora que nos ha descendido a los infiernos, si Alemany no lo remedia. Ahora es, cuando cada uno debe reconocer su parte de culpa. Ahora es, cuando hay que demostrar quien es mallorquinista y quien no. Para empezar, para que Mateo se rodee del ambiente óptimo para tratar de obrar el milagro de salvar al club y como ejercicio de responsabilidad, lealtad al que ya no está y vergüenza torera, toda la guardia pretoriana de Grande, todos los torquemadas de turno, todos los que le rieron las gracias, todos esos que le pasaron la mano por la chepa, todos los que en la complicidad más absoluta consintieron impunemente sus desmanes y sus desvarios, deberían presentar su dimisión más irrevocable o poner a disposición del nuevo presidente sus cargos, sus sueldos, sus finiquitos ..., en definitiva, su malloquinismo señores, su mallorquinismo.
Todos esos que provocaron y después alabaron y vitorearon el gran gesto de respeto y amor al RCD Mallorca, SAD de Héctor Cúper al dimitir y perdonar su contrato, que tomen nota. Aunque ya lo dijo Enrique Jardiel Poncela, “el sacrificio es una virtud que siempre nos parece admirable … en los demás”.