(Publicado en Diario de Mallorca el miércoles 8/04/09)
El verdadero papel que se espera del árbitro es el de facilitador o coordinador antes que juez. Ellos, sin embargo, se sienten mejor en la piel de éste último. El originalísimo documental presentado por Canal Plus este fin de semana es una prueba evidente de que el arbitraje está estancado, de que no progresa y del que, pinganillos aparte, cabe una mayor exigencia en todos los sentidos y por parte de todos los estamentos. Seguir admitiendo con resignación que así se pita en el Bernabeu o Camp Nou, que si comete un error en una portería a continuación comete otro en la contraria o que en Europa los árbitros son caseros no se corresponde a la época que vivimos. Lo que está claro, y los que hemos jugado lo sabemos, es que un buen árbitro te ayuda y uno malo te puede hundir.
El colegiado Pérez Lasa, salta cabreado al terreno de juego, sobre-excitado. Con la presunción de que el futbolista es un enemigo y no un colaborador. De hecho en las imágenes se observa que son los jugadores quienes le calman y no al contrario. El mundo al revés. El diálogo con los deportistas es necesario más para educar que para reñir, más para prevenir que para reprimir.
Los colegiados británicos son un claro ejemplo. Antes de amonestar, llaman al jugador aparte, dialogan con el, le calman, y ya con las pulsaciones más bajas y sin gestos le enseñan delicadamente la tarjeta amarilla. En España, algunos colegiados utilizan las tarjetas como arma arrojadiza en actitud ridículamente provocativa. Encienden más que apagan.
Les falta la empatía lógica del que ha jugado al fútbol. Y el sentido común y la comprensión necesaria para ser más objetivos. Michael Robinson lo explica de forma genial al decir que sancionan antes un insulto que una patada al rival porque el insulto lo reciben ellos y la patada el futbolista. Tecnologías aparte, el árbitro no evoluciona.
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